jueves, mayo 03, 2007

«A lo largo de la vida nos convertimos en creadores de nuestro propio cerebro»

visto en Consumer.es


David Costa. Psicobiólogo
del Inst. de Neurociencias
de la UAB

Como escultores de una estatua compleja que vamos tallando mientras vivimos. Así nos presentó Costa en una conferencia de divulgación organizada por la Dirección de Promoción de Cultura Científica de Barcelona y que tomó por título Los misterios de la mente. Este psicobiólogo colabora activamente en trabajos multicéntricos de investigación acerca de la naturaleza del comportamiento y del aprendizaje. En sus últimos estudios indaga sobre los beneficios de la actividad física en la estimulación del área prefrontal del cerebro.

Usted compara la aventura del conocimiento y la memoria a la de abrir nuevas rutas y trazar mapas mentales de nuestro recorrido.
Todavía sabemos poco acerca de los mecanismos endógenos que modulan el almacenamiento de la información en el cerebro humano. Creemos, sin embargo, que algunos sistemas hormonales que se activan en respuesta a una determinada experiencia podrían estar implicados en la consolidación de la memoria de esa misma experiencia.

¿En qué se fundamenta esta creencia?
Nuestro grupo ha investigado la relación entre la adrenalina y la consolidación de la memoria. La hipótesis de trabajo no es otra que asumir que la liberación de esta hormona tras la experiencia recordada podría formar parte de un sistema endógeno de modulación de la memoria. Este sistema, además de modificar la fuerza del recuerdo, podría ser también un mecanismo a través del cual diversos tratamientos podrían actuar para modular la función cognitiva.

La actividad cerebral tiene un peso importantísimo en la biología del comportamiento?
Un kilo y medio.

¿Cómo?
El cerebro humano está compuesto de unos cien mil millones de células, lo que supone un peso aproximado de mil quinientos gramos. Suele constituir el 2% del peso corporal y no pesa siempre lo mismo; al llegar a la vejez perdemos unos cien gramos.

«Los seres humanos rendimos mejor tanto física como mentalmente a una temperatura de veinte grados centígrados y a una humedad del 40%»

Y no sólo cambia el peso, sino la masa.
Así es. Sabemos que el cerebro se modifica constantemente por la propia actividad existencial. Es cierto que el continente de este órgano viene programado genéticamente, pero el contenido se hace al andar. A lo largo de la vida nos convertimos en creadores de nuestro propio cerebro. El fenómeno de la plasticidad demuestra que la experiencia deja una huella en la red neuronal, capaz de modificar la transferencia de información a través de todo el sistema. Lo adquirido por medio de la experiencia deja una huella que transforma lo anterior. De este modo, la experiencia modifica constantemente las conexiones entre las neuronas y los cambios son tanto de orden estructural como funcional.

Durante mucho tiempo se pensó que era imposible recuperar la función de las áreas del cerebro que se ven afectadas por un ataque cerebral y que, una vez muertas, las neuronas no se regeneran.
Pero hoy sabemos que el cerebro es plástico y posee capacidad para remodelar las conexiones entre sus neuronas. Las neuronas son capaces de curarse, lo que no significa que la memoria perdida pueda ser restituida. Nuevas neuronas ocuparan el espacio de las neuronas perdidas y posibilitaran nuevas rutas de memoria o de almacenamiento de experiencia cognitiva; pero lo perdido queda perdido para siempre.

¿Un niño de año y medio genera mayor actividad cerebral que un premio Nobel de Física?
En los primeros dieciocho meses de vida es cuando el ser humano aprende más y más deprisa. Imágenes espectográficas han demostrado que el cerebro de un niño está más densamente conectado que el de un adulto y, además, consume mucha más energía. Un niño o una niña trazando garabatos sobre un papel funcionan con un 50% más de energía que el premio Nobel en plena conferencia.

¿Cuándo alcanza el cerebro la madurez?
El cerebro humano no queda completamente interconectado hasta los veinte años de edad, y entonces la actividad cerebral alcanza el nivel propio de un adulto. Aunque a los siete años el cerebro de un niño sea casi idéntico en tamaño y peso al de un adulto, en sus lóbulos frontales hay un 40% más de sinapsis neuronales. Se conoce que el nivel máximo de conexiones suele producirse entre los cuatro y los siete años de edad. Cerca de la octava semana de gestación comienza, de hecho, el desarrollo del cerebro y durante las cinco semanas siguientes se forman casi todas las células nerviosas. Un nuevo salto en el desarrollo comienza unas diez semanas antes del parto y continúa durante los dos primeros años de vida del bebé.

Y a la vejez, viruelas?
No necesariamente. Debemos desterrar la imagen de ancianidad con problemas cognitivos. Hace pocos años un investigador chino mostró en sus experimentos con ratones un hallazgo interesante en relación con la edad: los ratones jóvenes aprenden más rápido y en menos tiempo que los ratones viejos (que aprenden menos rápido y en más tiempo). Tras ese hallazgo, probó si ocurría lo mismo en humanos y los resultados se repitieron con la singularidad de que la calidad de la información almacenada disminuyó de forma significativa en los menores de treinta años y, en cambio, se mantuvo de forma significativa en las personas mayores de cuarenta, por más que estos últimos necesitaran más tiempo de asimilación.

Además de la edad, ¿qué circunstancias influyen en el mantenimiento de una buena actividad cerebral?
Estamos investigando la aportación del ejercicio físico. Sabemos que un determinado tipo o nivel de ejercicio físico ayuda a potenciar y conservar la agilidad mental. Pero no ocurre en todas las modalidades o niveles, por lo que seguimos investigando. Se sabe, asimismo, que los seres humanos rendimos mejor tanto física como mentalmente a una temperatura de veinte grados centígrados y a una humedad del 40%. Pero el cerebro no sólo se ve afectado por la temperatura ambiental, sino también por nuestra temperatura interna. La temperatura de nuestro cuerpo es en general más alta por la tarde y más baja por la mañana, y se ha visto que el cerebro funcionará mejor a determinadas horas del día según el cuerpo esté más caliente o más fresco.


MENTE PLÁSTICA

El concepto plástico, la plasticidad, se emplea en psicobiología para ilustrar la capacidad del cerebro para crear rutas nuevas o alternativas de comunicación entre los centros de control de procesos específicos y sus procesos asociados. Influye mucho, como subraya Costa, la edad: la plasticidad es mayor en niños que en adultos. No obstante, también desempeñan un papel de importancia las lesiones neuronales, la intensidad emocional y los estímulos o aprendizajes a los que el individuo queda sometido.

El científico español Santiago Ramón y Cajal, cuando describió por primera vez los diferentes tipos de neuronas en forma aislada, planteó también la posibilidad de que el sistema nervioso estuviera constituido por neuronas individuales comunicadas entre sí a través de contactos funcionales llamados sinapsis. Con el tiempo, la imbricación de las sinapsis en el descubrimiento de la plasticidad cerebral permite afirmar que, a través de una suma de experiencias vividas y aprendidas, cada individuo adquiere un carácter único e imprevisible, más allá de las determinaciones que implica todo bagaje genético.

De este modo, la definición de la individualidad como excepción a lo universal conquista hoy el ámbito de las neurociencias como conquistó en tiempos pretéritos el del psicoanálisis; de ahí que surja un punto de encuentro insospechado entre estas dos ramas del conocimiento científico tan históricamente enfrentadas.



Fernando Molina P.
Psicologo

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