miércoles, abril 23, 2008

¡Dios mío, me han despedido!

Visto en Expansion.com

¿Por qué a mí? ¿Y por qué no? ¿Acaso tiene alguien –aparte de los funcionarios– el carnet de "a mí nunca me pueden despedir? Seguro que usted piensa como yo, que es imposible que me despidan porque soy un buen profesional, mi rendimiento es óptimo, la empresa es sólida y estable, y mi jefe me aprecia tanto que me ha dicho muchas veces que soy un puntal para la compañía.

Éste es el razonamiento que se hacen cada mañana las 600.000 personas que este año perderán su trabajo. Quizás te sientas avergonzado por tu nueva situación de parado, inseguro de ti mismo, fracasado ante tu familia, y furioso con tus amigos, compañeros, con tu jefe y con el cazatalentos que te propuso el último cambio. No te culpes, simplemente estabas en el lugar inadecuado cuando llegó la reconversión. Si eres de los que piensas que "esto no me pasará a mí" y consideras que perder el trabajo es un hecho vergonzoso, eres un claro candidato a sufrir una crisis de autoestima.

El recién despedido se siente inútil porque vivimos en una sociedad que juzga a las personas por lo que poseen –"si no tengo trabajo, no tengo nada"– y enfocamos todo en el tener, en lugar de en el ser. Sacrificamos todo por una posición, un status y una saneada cuenta bancaria que nos permite dar al mundo una imagen falseada de nuestra verdadera realidad. Si no hacemos caso del anuncio de Antonio Banderas –"lo importante no es lo que tengo, es lo que soy"–, permaneceremos en la inseguridad continua, nos cuestionaremos todo y cualquier cambio lo veremos como una amenaza.

Nos preguntamos "¿a mi edad dónde voy a poder conseguir unos ingresos y un trabajo como el que tenía?", cuando antes de estar parados nos hemos pasado los días quejándonos de la calidad de vida que teníamos en la empresa. Los cambios en la vida laboral –que son constantes y casi siempre inevitables– abren un nuevo abanico de oportunidades a cualquier persona con verdaderas ganas de trabajar. Nos obliga a abrirnos al mundo, y a pensar y a actuar por nosotros mismos, sin esperar a que nadie guíe nuestra vida profesional. Tenemos que ser capaces de aprender lecciones, como, por ejemplo, que se puede llegar al paro a pesar de haber trabajado mucho y bien. Hasta que nos llegó a nosotros, pensábamos que eso del desempleo era sólo para gandules y holgazanes que no querían trabajar.

¿Qué es lo que más me gusta hacer? ¿Cuáles son mis mejores cualidades? ¿Cómo puedo aprovechar al máximo mis puntos fuertes? Si somos capaces de responder sinceramente a esta preguntas, ya estamos preparados para salir al mercado a buscar un nuevo empleo.

–No te precipites en comunicar a todo el mundo tu nueva situación, y transmite la idea de que lo tienes controlado: "Acabo de salir de mi compañía y estoy analizando diversas opciones en este momento; te mantendré informado".

–Sé consciente de que tu valor de mercado ha bajado, por lo que debes ser más flexible en tus expectativas y tener una actitud amplia, incluso para cambiar de sector de actividad.

–Aunque hazlo de forma sutil, ya que las empresas ven mejor a las personas que tienen una idea clara de cuál es su próximo paso profesional que a las que no definen un objetivo por aquello de no cerrarse posibilidades. Hay que dar la imagen de que no estás dispuesto a aceptar cualquier cosa.

–Nunca critiques a tu anterior organización, aunque estés deseando despellejar a tu ex jefe. Ten en cuenta que todo el mundo –y mucho más un futuro empleador– va a analizar tu capacidad para enfrentarte a situaciones difíciles.

–No te escondas ni te encierres en tu casa para lamerte las heridas. Hay que mantener la red de contactos personales y profesionales porque de aquí procederán muchas oportunidades de negocio.

En definitiva, ir al paro no es, ni mucho menos, el preludio de la muerte. Es una putada, pero también nos da la ocasión de decirle al mercado: "Tengo una idea clara de dónde puedo aportar un mayor valor". Así conseguirás un empleo antes que si llevas en la frente el letrero "tengo un problema y busco desesperadamente a alguien que me ayude a resolverlo".

¡Socorro, me llama mi jefe! Espero que no sea para lo que me temo. Por lo menos –pienso con actitud positiva– me lo va a comunicar en persona. Y no como hizo la aseguradora británica Accident, que envió a todos sus empleados el mensaje: "Llame a este número". Una voz mecánica les comunicaba entonces si se mantenían o no en su puesto de trabajo.



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Fernando Molina P.
Psicólogo
Practitioner en Programación Neurolinguistica
Máster (c) en Gestión y administración en Recursos Humanos
(56 - 985361755)

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